21 de marzo de 2013

Carta urgente

Te informo que me duele el corazón
no de la manera poética y a la vez altiva
con la que nos despedimos una noche de enero,
sino de la manera médica con la que me avisan
que me queda poco tiempo

Sucede que mis frecuencias no son las mismas
y no trataré esta vez de evocar la falta de tu boca en mi pecho
ni apuntaré  que tu respiración se ha apartado de mi oreja,
es sólo que las prácticas de mi cuerpo son distintas
y empiezo a ser más tardo para responder de lo que era

El ritmo (no el de tus pasos ni el de tus añoranzas
sino el ritmo ciego de mis manos) se demora,
se vence. Águila, murciélago, lechuza, paloma,
me sofoco al emprender el vuelo otra vez
Una venda en mi faz, una cadena en mis garras.

Trato por ahora de arreglar los asuntos urgentes,
las pastillas me mantendrán impelido unas semanas
pero me advirtieron que no son mágicas; qué te parece,
así qué te puedo preparar: alguien enfermo del corazón
no tiene derecho de prometer ya nada.

Dicen que duele el último aliento pero que relativamente es fugaz
luego de todos los respiros ahogados por los que crecimos
expirar finalmente no equivale al cúmulo de desilusiones
que probamos; no equivale a todas las veces que caímos
a oscuras. La vida es un dolor invisible.

Como quiera que sea no tendrás la culpa de la sequía de mis ojos
ni del columpio oxidado de mi lengua
Este motor se detiene y no dicto nada en contra tuya;
me creció el corazón, eso es todo
absurdo sí, no cabe en mí, o yo o él, es una pena.

Pero qué podemos hacer si en el principio nos vio la eternidad
como la nieve ¿No es la muerte un río dónde renacer?
Qué paradójico, qué soledad, qué sensación. Qué angustia
poder recordarte y saber que por mucho que esta sea una carta urgente
no aparecerás. Decirte adiós sin despedirme.

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