23 de enero de 2009

Dicen que caminar puede ser una metáfora de la vida


Suelo tropezar. Una y otra vez.
No soy de los que camina como un oso del libro de la selva, o como un anciano jedi de george lucas, pero no sé, seguido tropiezo. Nunca me enojo de ello, aunque me gustaría evitar tanta desacierto de mi parte. Generalmente me sucede cuando voy solo, completamente distraído, y suelo componer la andada como si nada hubiese pasado. Cuando llega a pasar que voy en compañía de alguién, río yo primero rápidamente para disminuir un poco la pena.
He pensado que quizás no sea yo. Explico: la ciudad en la que vivo está llena de caminos irregulares, y de banquetas desgastadas, todas de diferentes tamaños, y botadas por las ramas de los árboles. Suelo tropezar. Eso sí, jamás me he caido. Puedo presumir mis rodillas intactas. Mis manos sin cicatrices. No he sangrado. Desconozco el sabor del suelo. Lo cierto es que tengo una radiografía de mi columna que está lesionada en una de las vertebras, lo que provoca, ya para estas alturas del partido, un dolor casi insoportable en la parte baja de la espalda. He pensado en colgarme y que alguien más tire con fuerza de mis piernas para enderezar mi columna.
Me han dado algunas terapias con las que el dolor se extravía por unos días, semanas, con suerte meses, pero el dolor vuelve a aparecer por sorpresa, como aquel personaje que no invitaste a la fiesta, pero que sabrías que incómodamente llegaría. Cada vez que falseo el paso, regresa el malestar. A veces pongo un poco de calor, eso lo disminuye; otras más, regreso a sentarme en una posición perfectamente correcta. Y a andar con cuidado. Un señor me dijo que la vida está hecha de ciclos. Otro me prometió que ya por fin iban a arreglar las calles. Me han sugerido masajistas. Incluso bellas. También me han promocionado fajas. Y me han prometido unos tenis que me protegan los tobillos.
Con todo, sigo saliendo de casa.

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