29 de octubre de 2008

Desayuno


Yo tampoco creía en esa tontería de decir de una mujer su piel de miel, hasta esa mañana, cuando el desayuno, dejó caer por vacilación una lágrima de aquel ámbar. Con una voz en grito, aquella gota me hizo entender que de alguna manera se derretía, una vela que poco a poco cesaba de alumbrar. Se estaba consumiendo.

Era sordo a sus advertencias, más aún a sus disimulos.






vd Yann Tiersen

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